En sus esfuerzos por continuar con la labor de convertir al Ejército en un organismo profesional, Venustiano Carranza, se preocupó por mejorar la educación de los futuros oficiales.
Para mediados de 1915, en plena lucha revolucionaria, el general de brigada Francisco L. Urquizo, Oficial Mayor encargado del Despacho de la Secretaría de Guerra y Marina, emitió un decreto que transformó temporalmente al Colegio Militar, en Academia de Estado Mayor. El decreto buscó impartir enseñanza militar rápida, obligado por la urgencia de la guerra en curso. En la Academia de Estado Mayor fueron admitidos, además de jefes y oficiales, todos los jóvenes que, comprometidos en la lucha revolucionaria, abrazaran la carrera de las armas. Sus cursos duraban tres trimestres y para ingresar se requería tener entre 20 y 25 años, buena conducta y aprobar un examen de admisión que calificaba conocimientos muy básicos como la lectura y escritura, así como nociones básicas de aritmética.
En 1917, se estableció la Escuela Constitucionalista Médico Militar, producto genuino de la Revolución.
La Academia de Estado Mayor dejó de funcionar el 31 de diciembre de 1919, en virtud de no haber resuelto los problemas de instrucción militar. Por tal motivo, el primero de enero de 1920, se ordenó la reapertura del Colegio Militar. El restablecimiento de este organismo institucional daría inicio a una paulatina serie de reformas, encaminadas al mejoramiento cultural y técnico militar.